LA SOLIDARIDAD EN ARMAS. EL CONTEXTO HISTÓRICO DE LAS BRIGADAS INTERNACIONALES.

Con motivo del 75 aniversario de la creación del Campo de Concentración en San Pedro de Cardeña, el Grupo pro-homenaje organizó una serie de actos. El viernes 4 de noviembre del 2011, hubo una charla con Luis Castro, autor del libro “Burgos: Capital de la Cruzada”, y Nacho García autor del blog “The jaily News”, para hablar sobre las Brigadas Internacionales y el Campo de Concentración de San Pedro.

Aquí publicamos la intervención de Luis Castro sobre las Brigadas Internacionales

(HOMENAJE A LAS BRIGADAS INTERNACIONALES. BURGOS, NOVIEMBRE DE 2011)

… but today the struggle.

(W.H. Auden)

1.- La larga y penosa marcha de la memoria histórica española 

Al celebrar el LXXV aniversario de la llegada a España de los brigadistas internacionales conviene de  entrada hacer alguna referencia a la escasa atención que las instituciones políticas y el mundo oficial prestan a este tipo de actos y, más en general, a la memoria histórica democrática. Seguramente podemos interpretar esta displicencia como falta de sensibilidad democrática y efecto de lo que podríamos llamar el franquismo sociológico residual.

Ya en 1996, con motivo del LX aniversario de las Brigadas Internacionales (BB.II. en lo sucesivo)  pudimos constatar algo parecido. Era la primera vez que en España las instituciones, concretamente el gobierno de Felipe González, invitaba oficialmente a los brigadistas y les programaba un homenaje por su aportación a la defensa de la República y las libertades democráticas. Llegaron a España unos 350 brigadistas, pero mientras tanto había cambiado el gobierno con la entrada de José Mª Aznar (P.P.), por lo que los actos quedaron muy deslucidos. No hubo recepción ni despedida oficial  para los brigadistas y tampoco el presidente del Congreso, Federico Trillo, encontró un hueco para recibirles como representante de los ciudadanos españoles.

Por lo que a Burgos se refiere, el homenaje a los BB.II. también tuvo un desenlace un poco triste en esa ocasión, cuando la estatua conmemorativa que se colocó frente a la fachada del monasterio de San Pedro de Cardeña (campo de concentración improvisado para albergar a las BB.II. y a los presos del frente Norte desde 1937) fue retirada a los pocos días por orden de la Diputación provincial. (Años después tuve ocasión de hablar con un monje en la portería del monasterio. Ignoraba que hubiera habido tal homenaje y tampoco tenía muy claro el papel que habían tenido los presos durante la guerra, cuando se les obligó a reconstruir el edificio y hacer los caminos de acceso. Sin embargo, el P. Dalmacio, bibliotecario de la comunidad, sí conocía bastante bien la historia y me mostró la parte del jardín donde se hallan enterrados algunos extranjeros)[1].

Esa displicencia oficial no les extrañó a los brigadistas, que aún así se sintieron muy agradecidos por el reconocimiento que les expresó la mayor parte de la sociedad civil. Sí mostraron su extrañeza en 1996 al comprobar “que los miembros y los diputados del P.P. eran los hijos y nietos de los fascistas contra quienes ellos vinieron a luchar en 1936 y en ocasiones eran esos mismos fascistas de su edad”[2]. Han pasado bastantes años para que debamos aclarar un poco esa constatación, reveladora de los lastres estructurales –políticos en este caso–  que aquejan  a nuestra convivencia y dificultan la normalización de una memoria histórica  democrática. Se nos disculpará que para ilustrar esa coyuntura histórica recurramos a un chiste que entonces circuló ampliamente. Relataba el suceso inaudito de que el dictador Franco resucitaba en el Valle de los Caídos y que se hacía presente, con gran sorpresa, al guarda de seguridad, que pronto se cuadró ante “Su Excelencia”.

–          No se alarme, le dijo Franco, solo he resucitado por un breve lapso de tiempo para enterarme de cómo van los destinos de mi patria. Dígame, ¿quién manda hoy en el gobierno de España?

–          Aznar, Su Excelecia.

–          Ah, muy bien. Manuel Aznar fue un gran diplomático representando a España en la ONU y en varios países; además escribió la historia militar de nuestra Cruzada…

–          No, Excelencia, no es él, sino su nieto.

–          Y dígame: ¿quién es el portavoz del Gobierno?

–          Pío Cabanillas, señor.

–          Ah, gran político a mi servicio, ministro de Información y turismo…

–          No, señor, se trata de su hijo.

La conversación discurría así, aludiendo a los numerosos miembros del gobierno o altos cargos de ese momento que eran hijos o nietos de notorios cuadros políticos de la dictadura (Arias Salgado, Fernández Miranda, Mariscal de Gante, Posada, Ruiz Gallardón, Yagüe…). La conversación termina así:

–          Pero lo que más me interesa es saber es quién manda en mi patria chica, mi querida Galicia.

–          Manuel Fraga, señor.

–          ¿Quién: su hijo o su nieto?

–          No, señor, ¡el mismo!

En la onda de esta anécdota se puede constatar la persistencia de un franquismo sociológico que aunque se ha adaptado mal que bien a las pautas democráticas convencionales, es incapaz de saldar cuentas con su pasado y asumir sin reservas una memoria histórica que enlace con los momentos, valores y personas del pasado en sintonía con esas pautas. Sería necesaria una actitud de distanciamiento crítico hacia la dictadura franquista, algo difícil sin duda para unas personas cuya relación personal y familiar con ella resulta un obstáculo insalvable..

En cualquier caso, volviendo al principio, fue muy lamentable esa ocasión perdida para homenajear a las BB.II, a sesenta años del suceso-efeméride, pues, por razones biológicas, sus protagonistas tenían ya muy escasas perspectivas de vida, habiendo fallecido ya buena parte de ellos. Esperemos que los homenajes que se están celebrando ahora (recientemente los ha habido en Madrid y Barcelona), así como este de Burgos, tengan más éxito.

2.- La solidaridad internacional con la II República. Periodistas y escritores

Antes de seguir adelante convendría resaltar que las BB.II. son solo una parte, aunque la más importante, de un fenómeno mucho más amplio, que fue el de la solidaridad internacional respecto de la II República tras la sublevación del 18 de julio. Esa solidaridad se manifestó de muchas maneras. Antes de que llegaran las brigadas, desde el primer momento, empezaron a funcionar en otros países comités de ayuda a la republica, promovidos por sindicatos y grupos de izquierda, que canalizaban el envío de ropa, alimentos y medicinas para la retaguardia republicana. Así mismo, la Cruz Roja se movilizó de inmediato y envió al Dr. Marcel Junod en agosto de 1936 con la intención de parar los asesinatos incontrolados en una y otra retaguardia y promover el intercambio de prisioneros, tarea que afrontó ante muy duras adversidades. “La Cruz Roja no puede permanecer indiferente cuando hombres, mujeres y niños necesitan ayuda en cualquier país del mundo –había dicho Max Huber, su presidente–. Tenemos que encontrar a alguien que vaya allí cuanto antes para ver qué se puede hacer”[3]. Más adelante haremos referencia al apoyo moral e ideológico que prestaron la mayoría de los intelectuales, artistas y periodistas de la época.

Por lo que a la movilización militar se refiere, prácticamente desde el comienzo de la contienda hay voluntarios extranjeros, muchos de ellos refugiados que huían de las dictaduras alemana, italiana, polaca o austríaca, como, por ejemplo, Hans Beimler, líder de la centuria Thaelmann. Este diputado comunista alemán había huído del campo de Dachau y se encontraba en España ya a primeros de agosto de 1936. También se integraron en las milicias republicanas algunos deportistas venidos a Barcelona con motivo de las Olimpiadas Populares. La CNT y el POUM encuadraron a muchos de ellos, siendo unos 5.000 los que lucharon al margen de las BB.II., según algunas fuentes[4], a los cuales habría que añadir unos 2.000 rusos (pues Stalin no quería que se viera su mano detrás de los brigadistas).

Conocemos bastante bien quiénes eran estos voluntarios, de dónde venían, qué clase de motivaciones les empujaban, cómo se les encuadró y movilizó en la guerra… Lo sabemos porque, en primer lugar, muchos de ellos escribieron muy pronto artículos y libros de memorias o autobiográficos dando cuenta de sus experiencias en España. Algunos fueron publicados durante la propia guerra, como el Homenaje a Cataluña de George Orwell (quien, por cierto, no luchó dentro de las BB.II., pero tuvo una experiencia similar) o el libro misceláneo del cubano Pablo de la Torriente, publicado póstumamente tras su muerte en combate[5]. Puesto que aquí vamos a hablar del campo de concentración de San Pedro de Cardeña, y de los voluntarios norteamericanos, quizá el libro más interesante sea el de Carl Geiser, Prisoners of the good fight. Americans against Franco Fascism  (Westport, Conn. 1986), pero en la bibliografía Geiser anota otros diez o doce libros de miembros de la Brigada Lincoln, como Men in battle  (1939), de Alvah Bessie, novelista norteamericano luego castigado por el macartismo, The Lincoln Battalion  (1939), de Edwin Rolfe o Book of the XV brigade (1938) del irlandés Frank Ryan[6]. Hay testimonios semejantes escritos por franceses, alemanes, italianos, ingleses, belgas, noruegos…

Además, un llamativo número de brigadistas eran poetas (o escribían poesía), siendo su experiencia en España materia de inspiración. Como ya había ocurrido en la I Guerra Mundial, varios de ellos cayeron en combate; es el caso de los ingleses John Cornford (que muere en la batalla de Lopera con 21 años recién cumplidos), su amigo Ralph Fox, Julian Bell y C. Caudwell; y del irlandés Charles Donnelly. De los sobrevivientes hay que destacar la presencia de W. H. Auden (cuyo poema “Spain” es considerado el más importante y conocido de cuantos se escribieron sobre el tema de la guerra), Stephen Spender, Tom Wintringham, Humphrey Slater y otros[7].

 Por lo demás, los periodistas, fotógrafos y literatos del momento prestaron una gran atención a la guerra de España, dejando un testimonio muy cercano de sus hechos y protagonistas. Para ellos, la presencia de voluntarios venidos de muchos países era uno de los fenómenos más llamativos. Se ha dicho que así como la guerra de Vietnam fue la primera en ser cubierta informativamente por la televisión, la Guerra civil española abrió paso al periodismo gráfico dentro de unos medios de comunicación que ya se pueden calificar de masas. Pero, antes que eso, habría que señalar el papel de ese periodismo en la opinión pública de los países occidentales y resaltar, aunque parezca una obviedad, que los voluntarios vinieron a España porque tuvieron noticias inmediatas acerca de la sublevación militar contra la República (en muchos casos a través de prensa partidista) y fueron conscientes del significado de ese hecho en el contexto de una Europa envuelta en los “virajes hacia la guerra”, de los cuales también sabían gracias a los periódicos.

Una vez en España, la mayoría de los periodistas se decantaron por la República, aún en el caso de que vinieran sin una opinión formada o trabajaran para empresarios conservadores (que lo eran la mayoría entonces). Muchos de ellos recordarían su estancia en España como uno de los momentos estelares de su vida; así lo expresaría Herbert Matthews, del New York Times:

… nunca volverá a ocurrir algo tan maravilloso como esos dos años y medio que pasé en España. Y no lo digo yo sólo, sino que también lo afirman todos los que vivieron ese periodo junto a los republicanos españoles. Soldado o periodista, español, norteamericano, británico, francés, alemán o italiano, daba igual (…) Allí aprendimos que los hombres podían ser hermanos, que las naciones y fronteras, religiones y razas, no eran más que atributos externos, y que lo único que contaba, por lo único que merecía la pena luchar, era la idea de libertad[8].

La proximidad de la mayoría de los corresponsales de guerra que vinieron a España (casi 1.000, según Preston) con los voluntarios de las BB.II. no era sólo ideológica. Sabido es el dicho de Robert Capa: “si tu foto [o, para el caso –añadimos nosotros–, tu reportaje] no es bueno, es que no te has acercado lo suficiente”.  Teniendo en cuenta eso, la mayoría de los reporteros quería tener una visión del frente lo más cercana posible, aún a riesgo de su integridad física y muchas veces desafiando el control que las autoridades de uno y otro lado deseaban imponer a sus desplazamientos y sus reportajes. Se trataba de denunciar la presencia militar nazi y fascista en España, los bombardeos de la población civil y las atrocidades cometidas en la retaguardia para que la opinión pública de sus países presionara a sus gobiernos y abandonara la “no intervención”. En esa proximidad al escenario bélico es como murió Gerda Taro, la compañera de Robert Capa, aplastada por un tanque al caer del estribo de un coche en la retirada de la batalla de Brunete (donde fue el único reportero gráfico). Preston, en la obra mencionada, cita a cinco periodistas muertos en la guerra, pero habría que añadir a Taro y al citado Pablo de la Torriente, al menos.

Además de Capa y Taro, el listado de los periodistas gráficos es muy nutrido, tanto entre los extranjeros (Kati Horna, David Seymour, Walter Reuter, Erich Andres) como entre los españoles (Agustí Centelles, los hermanos Mayo, del 5º Regimiento, Luis Torrens, Francisco Boix, etc)[9]. En los últimos años, el Centro Documental de la Memoria Histórica (antiguo Archivo de la Guerra civil) de Salamanca está almacenando buena parte de esta obra gráfica.

Algunos periodistas fueron heridos, encarcelados o amenazados de muerte. Entre aquellos, el más conocido fue “Kim” Philby, que venía a España como corresponsal del Times y con recomendaciones que le acreditaban como pro-nazi y buen amigo del franquismo, pero que en realidad era comunista y agente doble, de los servicios secretos ingleses y soviéticos. Philby recibió una herida en la cabeza en la nochevieja de 1937, al visitar el frente de Teruel, y tres de sus compañeros murieron, razón por la cual los cuatro recibieron de Franco la Gran Cruz al Mérito Militar. Meses antes, la guardia civil estuvo a punto de descubrir los códigos secretos de Philby en un chequeo, lo cual podría haberle costado la vida, lo mismo que pudo pasarle a Arthur Koestler, quien fue  condenado a muerte por espía tras la toma de Málaga[10].

Por otro lado, fueron muchos los escritores e intelectuales que vinieron a España para colaborar de un modo u otro con la causa de los leales a la República, como Hemingway, Dos Passos, Dreiser y Langston Huges (de EE.UU); Malraux, Saint Exupéry, Mauriac y Louis Aragon (de Francia); W.H. Auden y Spender (de Inglaterra); Ehremburg y Koltsov (de Rusia); Pablo Neruda (de Chile), etc. Obviamente, también hubo alineamiento de periodistas e intelectuales del lado rebelde, pero la historiografía comparte el consenso de que fueron muchos menos y de menor estatura cultural. (Roy Campbell, Peter Kemp, James Norman, etc.[11]). Los matices políticos eran considerables entre unos y otros, lo mismo que su grado de compromiso con la República española, que podía ir desde la mera simpatía coyuntural hasta la vinculación a muerte. En todo caso, conviene señalar que ninguno de los escritores más conocidos (Hemingway, Malraux, Auden, Orwell o Koestler) tuvo un contacto regular con las BB.II.

La mayoría de los intelectuales o creadores pro republicanos eran vistos como comunistas o “compañeros de viaje” de los “rojos” desde el lado franquista –o más tarde, del macarthismo– y no se hacían demasiados distingos. Durante la Guerra fría los servicios secretos norteamericanos y sus intelectuales a sueldo se empeñaron en distanciarles de las organizaciones de izquierda y en presentar su simpatía con la República española como un pecado de juventud del que ya habían hecho penitencia. Un caso llamativo fue la publicación de The God that Failed en 1949, editado por Richard Crossman, ideólogo del laborismo de derechas, donde “seis hombres famosos explican cómo cambiaron de opinión respecto del comunismo”[12]. Se trataba de Koestler, I. Silone, Richard Wright, André Gide, Louis Fischer y S. Spender. Ahí hacían análisis de conciencia y algunos de ellos mostraban cómo la guerra de España había sido uno de sus motivos de acercamiento al comunismo, pero también la ocasión de entrever la larga mano de Stalin y del totalitarismo, que a finales de los años 40 era percibida como amenaza global a la cultura occidental (y a la hegemonía de EE.UU.). Es evidente que habían cambiado mucho las cosas en esos años. Acabada la II Guerra Mundial ya eran conocidos los crímenes del estalinismo y la existencia del GULAG, mientras que hacia 1936 tanto la URSS como Stalin se hallaban en el apogeo de su prestigio entre los trabajadores e intelectuales occidentales. (Las grandes purgas comenzaron en 1936 precisamente). La CIA promocionó ampliamente este libro como arma contra la propaganda soviética (a la cual habían servido estos intelectuales conversos en los años treinta)[13], aunque en países como España no era necesario hacer ese tipo de  propaganda, por razones obvias.

A pesar de todo, habría que señalar que el abandono de la militancia o la simpatía comunista por parte de ese tipo de intelectuales no significó en ningún caso el repudio de la solidaridad que habían mostrado a la república española. Es más: en algún caso la crítica a la república no se basaba en que fuera comunista o revolucionaria, sino en que no lo fuera o no lo fuera bastante. (Es el caso de Orwell, por ejemplo). Lo mismo que los exiliados republicanos españoles, muchos ex brigadistas siguieron luchando en la II Guerra mundial y contra posteriores formulaciones del militarismo, el racismo o el “pensamiento único”.

3.- El periodo de entreguerras (1918-1939)

Para hacerse una idea cabal de la mentalidad, motivaciones y expectativas de los brigadistas internacionales conviene hacer un repaso, siquiera sea sumario, al contexto histórico del periodo de entreguerras (1918-1939), época convulsa de creciente tensión internacional, crisis económica galopante y cambios en todos los órdenes.

Como consecuencia de la Gran Guerra (1914-18) cambió drásticamente el mapa de Europa, sobre todo en su área central y oriental, así como algunos datos básicos del orden mundial: a pesar de su vuelta al aislacionismo, los EE.UU. se revelaron como la potencia hegemónica mundial, frente a una Europa dividida, endeudada y exhausta por la guerra. En las colonias empezaba el despertar antioccidental, en un proceso de décadas que acabará con la independencia. Desaparecen en 1918 los cuatro imperios (alemán, austrohúngaro, ruso y turco) para dar lugar a varios países nuevos según el principio de autodeterminación (14º punto de Wilson), pero también siguiendo los intereses de los vencedores. Esos países (Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Yugoslavia, Países Bálticos) surgen en principio como regímenes constitucionales, de modo que se podía hablar de un “triunfo de las democracias” frente al autoritarismo o absolutismo de los viejos imperios. Ahora bien, las nuevas fronteras son también barreras aduaneras y económicas donde antes no las había, lo cual se une a los gastos y destrozos de la guerra (y las reparaciones exigidas a los vencidos) para producir una primera crisis de la que se tarda años en salir aún con la ayuda de los EE.UU. (plan Dawes). La crisis del 29 enseguida afectó a las economías europeas, tanto más cuanto mayor fuera la dependencia y vinculación con la que desde principios de siglo era ya la primera potencia mundial. (Razón por la cual la crisis no afectó a la URSS, aislada del mundo capitalista, y afectó menos a países que, como España, por su mismo atraso, estaban escasamente integrados en los mercados internacionales).

En el plano político, esa época asiste a una creciente radicalización y polarización de los agentes sociales: se debitan poco a poco los viejos partidos liberales y cobran fuerza creciente las fuerzas más radicales en los extremos del espectro político. Por la izquierda, de los partidos socialdemócratas se escinden los primeros grupos comunistas, inspirados en la Revolución de Octubre, y en los países mediterráneos cobra auge también el sindicalismo revolucionario y el anarquismo. Hay conatos revolucionarios en Alemania y Hungría, mientras que el movimiento obrero organizado planta cara con fuerza creciente en los centros de trabajo y en las instituciones, estimulado por la crisis y por las nuevas posibilidades de acción legal. Por reacción a este polo radical o revolucionario, buena parte de las clases medias, de la pequeña y gran burguesía, así como las oligarquías, se radicaliza hacia posturas nacionalistas, autoritarias o fascistas, pidiendo en momentos de crisis la emergencia del “cirujano de hierro” –a ser posible uniformado– que ponga orden y discipline a los de abajo. Es así como, tras la “Marcha sobre Roma” (1922), que instaura el fascismo en Italia, se van generalizando progresivamente los regímenes autoritarios y dictatoriales en toda la Europa mediterránea y oriental.

Desde la llegada de Mussolini al poder hasta 1931 se instauran dictaduras en España (Primo de Rivera), Lituania, Grecia, Polonia, Portugal, Rumanía y Yugoslavia (por no hablar del régimen soviético). Empieza entonces la persecución y represión de sindicalistas, líderes de izquierdas y minorías étnicas, así como la severa limitación de las libertades políticas. En este proceso, la aparición de la II República española (1931), con un amplio programa democratizador y reformista, se presenta como un fenómeno a contracorriente, al sustituir un régimen dictatorial por una “república de trabajadores”.

Por otro lado, los ideales pacifistas e igualitarios de la primera posguerra se vean cada vez más amenazados. En 1931 Japón invade Manchuria, comenzando lo que será la II Guerra Mundial en el ámbito asiático; en 1935 Italia ataca Abisinia, mientras que la Alemania de Hitler se embarca en un ambicioso programa de militarización, que incluye la creación de un nuevo ejército, la remilitarización de Renania y la aparición de los primeros campos de concentración. Como había ocurrido con la I Guerra mundial, el estallido de un nuevo conflicto se percibe como un nubarrón trágico cada vez más cercano. Y, lo mismo que en el verano de 1914, cuando los gobernantes que se lanzaron a la guerra pensando que iba a ser cosa de pocas semanas, también en este caso se equivocan, pues la “guerra relámpago” se transformó en el peor conflicto de la historia, con casi seis años de duración.

Tras la involución del “Bienio Negro” español (1934-36) y la llegada al poder de Hitler y de Dollfüss en Alemania  y Austria, respectivamente, el triunfo del Frente Popular en Francia y en España de nuevo se percibía como una primavera política para el movimiento obrero internacional, hasta que llegó el golpe militar de julio de 1936. Que este fracasara debido a la reacción popular articulada a través de las milicias, una vez más evidenciaba el coraje ejemplar de los trabajadores españoles ante las oligarquías, la iglesia y el ejército, decididos a acabar como fuera con la experiencia republicana. La ayuda nazi y fascista a los sublevados, así como la inhibición de los gobiernos occidentales ante el conflicto, daba a la lucha un sesgo demasiado desigual como para que no fuera visto como algo propio por muchos ciudadanos y ciudadanas del mundo, fueran o no trabajadores.

 

4.- Los motivos de los brigadistas

¿Qué tipo de motivaciones actuaron para que hombres y mujeres de distinta cultura, de diferentes niveles sociales y educativos, y de más de cuarenta nacionalidades, dejaran su familia, su trabajo –si lo tenían– y su vida habitual para venir a un país del que tenían en general muy escasas referencias,  aportando generosamente sus esfuerzos o incluso su vida?

Antes de nada, quizá sea aún necesario despejar la imagen tópica de los brigadistas acuñada por los ideólogos del franquismo y de la Guerra fría, que aún hoy es aireada por el llamado revisionismo historiográfico. Si más no, esa imagen nos puede dar una clave explicativa de la displicencia de las derechas españolas ante las BB..II., cuestión a la que aludíamos al principio. El que fuera durante la etapa final del franquismo su historiador oficial, Ricardo de la Cierva, compendia esa imagen en un libro publicado precisamente el año en que se planeó el primer homenaje oficial a las BB.II.[14] Este, según el autor, era “una colosal venganza comunista”. Y, por no reproducir los insultos y calumnias que se prodigaron durante el primer franquismo contra los brigadistas, otorga valor de autoridad a la obra de dos autores norteamericanos, publicada en plena Guerra fría: David T. Cattell y Burnet Bolloten.  (Este tenía el interés adicional de haber sido corresponsal durante la propia guerra, siendo uno de los pocos, junto con Orwell, que evolucionó hacia posturas visceralmente anticomunistas[15]).

La Cierva asume el juicio de Cattell, para quien las BB.II. sólo fueron “una fuerza soviética en España”, y el de Bolloten, quien sostiene que los brigadistas no vinieron a defender la república y la democracia, sino a aupar al PCE al poder político y militar para hacer la revolución[16]. Pero aunque es evidente que la iniciativa y la intendencia de las BB.II. fueron articuladas por la KOMINTERN y que esta se hallaba muy sujeta a las directrices del PCUS y de Stalin, sería demasiado exagerado afirmar que los voluntarios internacionales eran meros autómatas al servicio de Moscú. En realidad, la Internacional lo que hizo fue canalizar y estimular un fenómeno de masas que, como hemos visto, se dio espontáneamente en ciertos sectores sociales. Aunque el grupo más numeroso de las BB. II. era el de los comunistas (unos 2/3 en el caso de la Brigada Lincoln), había también socialistas, anarquistas, sindicalistas y otros sin filiación, sin olvidar que pronto las unidades internacionales se vieron amalgamadas con soldados españoles de reemplazo, todos ellos bajo el mando común del Ejército Popular. Por mucho que le moleste a La Cierva y a otros, el epíteto que mejor les cuadra a los brigadistas es el de “voluntarios de la libertad”, puesto que nadie les obligó a tomar la decisión de venir a España y ya sabían que no venían a ninguna fiesta. Sobre todo aquellos que, como los italianos y alemanes, habían empezado la lucha antifascista en sus propios países (y la continuarían después en la Resistencia).

Tampoco se ajusta a la verdad histórica afirmar que el PCE de esa época (y menos aún el gobierno de la República, la Generalitat o el Gobierno Vasco)  tuviera como objetivo el hacer la revolución de modo inmediato. Como es sabido, desde el VII Congreso de la Internacional Comunista (1935) se impuso la estrategia de los frentes populares, encaminada a cerrar el paso a los fascismos mediante la articulación de amplias alianzas sociales y políticas con programas meramente reformistas y de defensa de la democracia y la paz. Iniciada la guerra, eso significaba dar prioridad al esfuerzo militar unificado y al respeto a la legalidad republicana con el fin de lograr la unión más amplia de fuerzas antifascistas y de no suscitar el rechazo de los gobiernos democráticos occidentales. Esa opción estratégica no fue compartida en amplios sectores del anarquismo ni por fuerzas como el POUM –que pretendían hacer simultánea la revolución y la guerra– y precisamente ahí se originó la quiebra más profunda dentro de las instituciones y fuerzas republicanas, como se documenta muy bien en el libro de Orwell, por ejemplo[17].

Creemos que no hay que darle demasiadas vueltas al asunto, pues el mensaje es bastante claro y unísono cuando lo manifiestan los propios brigadistas: vienen a luchar contra el fascismo y a defender a la República, que perciben como un régimen de libertades donde es posible la reforma social favorable a los trabajadores. Su actitud es una crítica de facto a la postura de “no intervención” en el conflicto y de “apaciguamiento” frente al Eje nazi-fascista. A la vez, poner freno a la expansión del fascismo suponía alejar la perspectiva de una nueva guerra internacional promovida por esas potencias y defender los ideales pacíficos que recientemente formulara la Sociedad de Naciones y, aún antes, las internacionales obreras. Cuando un agente de la GESTAPO preguntó al irlandés Frank Ryan por qué luchaba en España y no en su país, contestó diciendo que la lucha era la misma en un país u otro y su paisano Bob Doyle opinaba algo parecido: “Pensaba que había el peligro de que Irlanda cayera bajo el fascismo y ese fue uno de los motivos por los que me decidí a ir a España”. Pasionaria, que trató de cerca a muchos brigadistas, escribe sintéticamente en sus memorias que estos “vinieron a luchar por la libertad de sus países en el suelo de España”[18].

La victoria de la República sobre los sublevados, por otra parte, hubiera alejado la perspectiva de la guerra internacional o la hubiera planteado sobre parámetros más favorables a las democracias. Es dudoso que con un régimen frentepopulista al otro lado de los Pirineos Hitler se hubiera lanzado a la invasión de Francia; en todo caso, el bloque de países democráticos occidentales hubiera sido un contrapeso mucho más efectivo al Eje en esa situación, especialmente si se hubiera abandonado la suicida política de “apaciguamiento”.

Está claro también que el sombrío panorama sociopolítico del momento, caracterizado por la miseria y el paro, influyó en la decisión de venir a España. Cuando, en el capítulo uno de su libro, Geiser se plantea “¿por qué fuimos a España?”, antes que nada expresa lo que sigue:

“Fuimos porque estábamos alarmados por lo que estaba pasando tanto en nuestro país como en Europa. La Gran Depresión, comenzada en 1929, había ocasionado hambre y desempleo generalizado en todo el mundo, excepto en la Unión Soviética. Hacia 1932 había 25 millones de parados en EE. UU. –no había seguro de paro entonces– y los agricultores araban bajo sus cosechas y sacrificaban cochinillos recién nacidos mientras millones de ellos se iban a la cama hambrientos”[19] .

Muchos jóvenes, incluso algunos menores de edad, carecían de empleo y de perspectivas de formar familia o de futuro, por lo que fueron muy sensibles a la propaganda izquierdista que llamaba a la solidaridad con España. La lucha antifascista tenía además un significado especial para grupos étnico-culturales como el de los judíos, que llevaban décadas de persecución en toda la Europa central y oriental. Por eso probablemente, si pudieran ser contabilizados aparte, se vería que los judíos formaban uno de los grupos más numerosos dentro de los brigadistas, si no el mayor.

5.- ¿Qué importancia tuvieron las BB.II. como fuerza militar?

En síntesis, y sin que veamos oportuno  aquí exponer en detalle la participación de las BB.II. en los distintos frentes y operaciones, se puede afirmar que esa importancia, aunque escasa cuantitativamente, fue muy notable en el plano de la moral y de la eficacia combatiente. En conjunto, se valora en unos 35.000 los voluntarios encuadrados en las BB.II., los cuales formaron cinco de las 200 brigadas del Ejército Popular de la República (de la XI a la XV). Teniendo en cuenta que este llegó a movilizar más de 500.000 hombres, ya se ve que los brigadistas supusieron un 5 o 6 % de los efectivos, como mucho. Algunos autores hablan de casi 50.000 hombres y de siete brigadas[20].

Como es sabido, los primeros batallones de las BB.II. hicieron acto de presencia en el frente de Madrid el día 8 de noviembre de 1936, tras una corta estancia en Albacete (aeródromo de los Llanos) para su equipamiento y formación. En ese momento la capital se hallaba en una situación límite y muchos historiadores coinciden en la apreciación de que hubiera sido tomada por el Ejército de África rápidamente –dando así el triunfo a los sublevados— de no haber sido por la ayuda de las BB.II. y la llegada de los primeros tanques y aviones soviéticos, que estimularon a la otra fuerza decisiva: la resistencia del pueblo de Madrid. Que en esa coyuntura el propio gobierno republicano, presidido por Largo Caballero, decidiera trasladarse a Valencia es suficientemente expresivo de la situación.

Las organizaciones del Frente Popular, formando milicias, habían neutralizado la sublevación durante los primeros días en los cuarteles de Madrid y Guadalajara, a la vez que habían frustrado los planes de Mola, que avanzó hacia Madrid con fuerzas de las capitanías de Burgos y Valladolid junto a falangistas castellanos y carlistas navarros. El plan inicial de Mola era estar en Madrid el día de Santiago, el 25 de julio, habiendo triunfado el golpe; pero los milicianos madrileños, a costa de muchas bajas, frenaron su avance en Somosierra y Guadarrama y retomaron Toledo, excepto el alcázar, que había sido la academia militar donde se formaron muchos de los sublevados, como el propio Franco o Yagüe. (Estos frentes de la sierra permanecieron “dormidos” hasta el final de la guerra y Mola llegó a pensar en la retirada en algún momento).

Desde mediados de agosto, además, Madrid venía soportando los ataques casi diarios de la aviación franquista, a los que se sumaron en octubre los de la artillería de largo alcance por el flanco oeste. (Estos métodos de guerra, que afectan casi exclusivamente a la población civil, se habían generalizado en la I Guerra Mundial, pero eran desconocidos en España). La falta de abastecimientos se hizo notar pronto y fue agravándose a lo largo de la guerra, multiplicada por la llegada incesante de refugiados que huían de las columnas de legionarios y marroquíes “regulares”. Desde el primer momento se conocían las atrocidades cometidas por estas columnas, que habían dejado un reguero de sangre en su avance desde Sevilla hasta las puertas de Madrid, atravesando Extremadura[21].

Así describe la situación Arturo Barea, testigo presencial de la misma:

Los ataques aéreos eran un hecho casi diario. El 30 de octubre, un solo avión mató a cincuenta niños en Getafe. El sindicato de la Construcción comenzó a mandar a sus hombres a cavar trincheras alrededor de Madrid y a construir nidos de ametralladoras y barricadas de cemento en las calles. Las calles ya no se llenaban más con los refugiados de los pueblos, sino de los suburbios de la ciudad, y las noches estaban punteadas de cañonazos. Se mandaron unidades de choque elegidas para mantener las trincheras en los bordes de la capital y los milicianos huyeron ante los tanques. La Pasionaria los reunió en las afueras e hizo un esfuerzo supremo para inculcarles un coraje nuevo. La CNT –los anarquistas– enviaron dos ministros al Gabinete de Guerra. Los periodistas escribían, sin cesar, informaciones diciendo que estábamos perdidos…(…)

Pero Madrid no se rindió el 7 de noviembre de 1936[22]

En esa situación crítica, la llegada de las BB.II. el domingo 8 de noviembre fue algo decisivo, pues frenó in extremis el avance del ejército de África y contribuyó a levantar la moral de los madrileños. “… Cuando Madrid se había quedado sola en su resistencia –prosigue Barea— la llegada de estos antifascistas de países lejanos era una ayuda increíble. Antes de que terminara el domingo, circulaban ya por Madrid historias de la bravura de los batallones internacionales en la Casa de Campo (…). Estaban llegando tanques rusos, cañones antiaéreos, aeroplanos y camiones llenos de munición”[23].

Visto a posteriori, y conociendo el desenlace de la guerra, se podría decir que hubiera sido mejor la toma de Madrid por los sublevados, pues el país se hubiera ahorrado casi dos años más de guerra. Pero Madrid resistió, pues ese fue el espíritu imperante durante buena parte del conflicto, sintetizado en el “¡No pasarán!” de Pasionaria. Resistió aún varios embates más que golpearon desde distintos ángulos con intención de rendirla: la batalla del Jarama (febrero de 1937), la de Guadalajara (marzo de ese año), la contraofensiva de Brunete (julio), amén del constante bombardeo aéreo y artillero y los sabotajes de la “quinta columna”, sin olvidar las tropas de Mola inmovilizadas en la sierra. En esa resistencia a ultranza, que acabó minándose poco a poco, como es lógico, tuvieron un papel muy destacado los brigadistas, que actuaron en todas las operaciones militares como tropas de choque.

La tropas internacionales no eran de élite, aunque sí tenían mejor formación militar y disciplina que las españolas. Según Gabriel Cardona (su opinión tiene el refuerzo de haber sido oficial de carrera, aunque quizá en este caso exagera un poco) las BB.II., junto con el Quinto Regimiento, eran “un ejemplo de disciplina, organización y eficacia” y “núcleo de la única fuerza capaz de pasar a la ofensiva”, por lo que sirvieron de modelo en la gestación del Ejército Popular republicano[24]. Algunos de sus miembros habían luchado en la I Guerra Mundial o habían pasado por academias militares; pero convendría no exagerar esa formación, pues la edad media de los brigadistas –unos 30 años– y el hecho de que la mayoría fueran meros trabajadores en su vida civil no hace pensar en una experiencia bélica generalizada. Por otra parte, como el propio Cardona señala, en la defensa inicial de Madrid las BB.II. integraban tres batallones, por lo que constituían poco más de la décima parte de las fuerzas republicanas en presencia. Y, en lo sucesivo, formaban siempre junto a otras unidades españolas que las superaban ampliamente en número. En nuestra opinión, en la conducta militar de los brigadistas influyó bastante su experiencia y su militancia política y sindical, lo que conllevaba en la época la asunción de principios como organización, disciplina  y espíritu de lucha, todos ellos en sintonía con la práctica militar.

Sea como sea, las BB.II. fueron colocadas en vanguardia cada vez que el mando republicano planteaba alguna ofensiva importante (Brunete, Teruel, Ebro, etc), lo cual dio como resultado un gran número de bajas entre ellas. Se calcula que en las primeras operaciones del frente de Madrid, algunas de sus unidades tuvieron entre el 40 y el 50 % de muertos y, en el conjunto de la guerra, supusieron entre un cuarto y un tercio de sus efectivos (unos 10.000, aunque algunos hablan de 15.000), siendo aún mayor el número de heridos o enfermos (incluso por males venéreos, que causaron estragos). Dadas las circunstancias, –y el cambio de gobierno en Francia (abril de 1938), que cerró aún más la frontera– se hacía difícil una sustitución rápida de esas bajas, razón por la cual los batallones de las BB.II fueron completados cada vez más por soldados españoles, de tal modo que tras la batalla de Brunete algunos batallones tenían mayoría de soldados autóctonos. Esa sangría se agravó con las grandes batallas de Teruel y del Ebro y así, en septiembre de 1938, cuando el gobierno Negrín decide su disolución, solo quedaban 7.100 brigadistas, si bien varios cientos de ellos se encontraban encarcelados, tanto en la retaguardia franquista como en la republicana.

Como es sabido, la iniciativa del gobierno Negrín de disolver las BB.II. era un gesto encaminado a que las potencias occidentales presionaran al Eje para que retirara su ayuda militar a los sublevados. Pero también se ha dicho que, dada la situación, era también hacer de la necesidad virtud.

Algunos de los presos tardaron varios años en conseguir la libertad, gracias a gestiones de la Cruz Roja o a la presión de ciertos gobiernos occidentales. El gobierno republicano concedió la nacionalidad a algunos, pues tenían difícil la repatriación (italianos y alemanes, singularmente). Pero, dada la evolución posterior de la historia española y europea, no sirvió de mucho. Tuvieron que seguir resistiendo y peleando contra el fascismo en un contexto más amplio.

Ni siquiera los miembros de la Lincoln lo tuvieron fácil en el país que acunó la democracia. A su vuelta fueron vistos con suspicacia y sometidos a estrecha vigilancia policial. Habían violado las normas gubernamentales, que prohibían la recluta de voluntarios para países en guerra, pero también las normas de uso del pasaporte, que decía claramente “not valid for travel in Spain”. Y, además, se les consideraba demasiado cercanos al comunismo y la URSS.  Más adelante se dijo de ellos que habían sido “antifascistas prematuros”, ya que el antifascismo oficial norteamericano duró apenas los años de alianza con las URSS contra el Eje Roma-Berlín-Tokio (1941-45).

La mayoría de los voluntarios de la Lincoln siguió peleando. Hasta el final. Así, por ejemplo, cuando Geiser publica su libro en 1986, en el prólogo llama a los jóvenes a luchar contra el despliegue de euromisiles y la “guerra de las galaxias”, entonces planeados por Reagan, así como a la solidaridad con la revolución sandinista. Su compañero Harry Fisher murió con 92 años, pero no en la cama, sino en el curso de una manifestación en Nueva York contra la primera Guerra de Irak. Son sólo algunos ejemplos de esa generación de gente indomable que contribuyó a hacer esa terrible época algo menos sórdida e indigna.


[1] Los fallecidos españoles están en los cementerios de Carcedo y de Castrillo del Val.

[2] Cit. en De la Cierva, R. Brigadas internacionales. 1936-96. Pag. 20. Ed. Fénix, Madrid, 1996. La Cierva, historiador canónico del franquismo, aprovechó la ocasión para publicar este libelo contra las BB.II., diciendo que el homenaje era “una colosal venganza comunista”, especialmente la concesión a los brigadistas de la nacionalidad española, algo que se hizo por el R.D. 39/1996, votado unánimemente.

[3] Junod, Marcel. Warrior without weapons. International Commemittee of The Red Cross. Ginebra, 1982. Pags. 87ss.

[4]  Beevor, Anthony. La Guerra civil española. Barcelona, 2005, cap. 15. La obra de Rémy Skoutelsky, Novedad en el frente. Las Brigadas internacionales en la Guerra civil, Madrid, 2005 es un buen trabajo de síntesis hecho con ayuda de los archivos rusos.

[5] El libro se titula Peleando con los milicianos y existe una edición, al menos, en la editorial Grijalbo; México, 1972. Pablo vino como corresponsal de “El machete” y de “The New Masses”. Llegó a ser comisario político. El 19 de diciembre del 36, una bala le atravesó el corazón en el frente.

[6] Propiamente, la unidad que integraban los voluntarios americanos sería un batallón, como indica el título de Rolfe. Integrado por unos 500-600 hombres, el batallón formaba parte, a su vez, de una brigada, que podría llegar a tener 3.000 efectivos, con 4 batallones y otras unidades auxiliares. Puesto que el número total de voluntarios de EE.UU. se acerca a esa cifra, lo de “Brigada Lincoln” se referiría al conjunto de ellos, pero no a una unidad específica que llevara ese nombre.

[7] Cf. VV.AA. Las Brigadas Internacionales. 70 años de memoria histórica. Salamanca, 2007. Este libro recoge las ponencias presentadas a un “homenaje académico” a las BB.II., versando muchas de ellas sobre los aspectos literarios de estas.

[8] Cit. en Preston, P. Idealistas bajo las balas. Corresponsales extranjeros en la Guerra de España. Barcelona, 2007, pags. 55-56.

[9]  Ver interesantes imágenes y cartelismo en : http://www.sbhac.net/  (Sociedad benéfica de historiadores aficionados y creadores).

[10] Cf. Preston, P. Op. cit, cap. 4. Uno y otro pasaron información sobre la intervención alemana e italiana en la zona rebelde. Philby, además, informó acerca de los sistemas de protección personal de Franco en la perspectiva de organizar un atentado que finalmente no se llevó a efecto. Cf. R. Pérez Barredo. Con licencia para matar. Diario de Burgos de 2/3/2008.

[11] Beevor, Anthony. Op. cit.,  capítulo 20: “La guerra de propaganda y los intelectuales”.  Por su parte, H. R. Southworth, en El mito de la Cruzada de Franco, Barcelona, 1986,  desarrolla ampliamente el aspecto ideológico de la guerra.

[12] Hay una traducción argentina de 1951 poco conocida en España: El fracaso de un ídolo. Seis testimonios sobre el comunismo. Buenos Aires, 1951.

[13] Cf. Saunders, Frances Stonor. La CÍA y la Guerra fría cultural, Barcelona, 2001, pags. 98ss.

[14] Cierva, Ricardo de la. (Referencia en nota 1).

[15] Cattell, David T., Communism and the Spanish Civil War (1955)  y  Bolloten, B. El gran engaño. (1961).  La edición inglesa lleva el significativo subtítulo de “La conspiración comunista y la Guerra civil española”.

[16] La Cierva, Op. cit., pags. 46 y 58.

[17] Nos referimos al ya citado Homenaje a Cataluña. En artículos posteriores, Orwell insistió en la misma idea: “El Gobierno español (incluido el semiautónomo Gobierno catalán) teme más a la revolución que a los fascistas”. También afirmaba que las BB.II. estaban “bajo control comunista” y que no luchaban por la revolución anticapitalista (como sí lo hacía el POUM o la CNT). Orwell, G. Mi guerra civil española, Barcelona, 1978, pags. 23 29. Sin embargo, con la misma llaneza afirmaba que el PCE había contribuido a dar eficacia militar a la República. Tampoco sería justo dar una imagen demasiado monolítica del movimiento anarquista, que hubo de cambiar algunas de sus pautas ante la realidad de la guerra. Baste recordar la presencia de ministros anarquistas en los gobiernos español y catalán.

[18] La opinión de los irlandeses en  VV.AA. Las Brigadas Internacionales, op. cit., pag. 103. E Ibárruri, Dolores, Pasionaria, La lucha y la vida. Memorias. Barcelona, 1985, pag. 347.

[19] Geiser, C. Op. cit., pag. 1.

[20] Nos atenemos a las cifras aportadas por R. Skoutelski en el libro citado.

[21] Ver Espinosa, F. La columna de la muerte. El avance del ejército franquista de Sevilla a Badajoz. Barcelona, 2003

[22] Barea, Arturo. La forja de un rebelde. La llama, Madrid, 2000, pag. 677.

[23] Barea, A. Ibid., pag. 692.

[24] Ver su contibución en Requena Gallego, M. y Sepúlveda, R. (eds.). Las Brigadas Internacionales: el contexto internacional, los medios de propaganda, literatura y memoria. Cuenca, 2003.

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